Cristina
le permitirá al peronismo llegar unido a 2.019?
—Creo
que sí. Con un espacio sobre el cual históricamente ha trabajado el peronismo.
De todas maneras nuestro desafío será construir un peronismo distinto. Los que
analizan la historia del peronismo dirán: “El peronismo siempre fue igual en
términos de organización de poder”. Pero si el peronismo no entiende que debe
reformular su lógica de relación con la institucionalidad y con la gente está
llamado a desaparecer. Esa es mi percepción.
—Respecto
de 2.019, ¿imagina ese peronismo unido sin Cristina Kirchner y ella o sus
partidarios yendo por otro lado?
—
Sí. Me imagino algo así.
—¿Con
una Cristina candidata?
—No
sé si candidata o no. Pero sí con algún espacio de adhesión que tal vez no sea
suficiente para acceder a una segunda vuelta. Pero sí será un jugador muy
importante en la elección.
—¿No
la ve con deseos de participar dentro del peronismo, ofreciendo su caudal de
votos a cambio de algo?
—Definitivamente
no. Esa actitud no tendría nada que ver con su historia política, con su forma
de ver y ejercer la política. Al menos de acuerdo con lo que hemos visto hasta
ahora.
—Usted
habla de un peronismo distinto y recientemente mencionó tener un tono similar a
Cambiemos, pero con diferente sustancia.
—Sí.
—No
compartir la lógica amigo-enemigo lo emparienta con el tono del presidente
Macri.
—No
sé si me emparienta tanto. Porque, seamos francos, el Gobierno también
consolidó su posición sobre la base de profundizar la grieta. En lugar de estar
del lado de los malos, se puso del lado de los buenos, pero igual continuó con
esa lógica exacerbada. El peronismo debe plantearle a la sociedad que es una
fuerza que le sirve más a la gente que a los políticos. Hoy la sociedad
necesita una oposición que colabore para que al Gobierno le vaya bien. No que
conspire como lo hizo toda la vida, para evitar que le vaya bien y volver al
poder. El nivel de fragilidad que tienen la economía y la institucionalidad
argentinas requiere que, al menos en épocas no electorales, el peronismo
ofrezca alternativas que ayuden a la gobernabilidad, a que las cosas mejoren.
Si lo logramos podremos reconstruir un peronismo sólido. Si no, pasaremos a ser
una expresión conservadora. Paradójicamente, los que se paran en posiciones
casi revolucionarias convierten el pasado en su principal reivindicación. Lo
que plantean es volver al viejo régimen. Si eso no es ser conservador, que
alguien me explique qué es ser conservador.
—El
Gobierno aprovecha y profundiza la grieta como estrategia electoral, pero los
principales referentes de Cambiemos, el presidente Macri, Vidal o Rodríguez
Larreta tuvieron un tono no confrontativo.
—Es
así. La sociedad argentina tiene bastantes problemas como para, además,
aguantarnos a nosotros. Hay que trabajar para resolver los problemas de la
gente, no transferírselos de nuevo. Construyamos una política de Estado donde
con decibeles ciudadanos, respetuosos, podamos discutir con profundidad ideas
diferentes. Cuando uno eleva demasiado la voz es porque duda de su capacidad de
persuasión respecto de lo que piensa. Yo, al menos, puedo hablar.
—Usted
planteaba que, en términos políticos, para ganar hay que diferenciarse con un
tono sin estridencias. El peligro es que un tono parecido con ideas diferentes
pueda no ser percibido por la sociedad como algo diferente. En las clases de
oratoria se explica que el tono se impone sobre la sustancia del discurso para
la mayoría del público.
—Coincido
plenamente. Para mí el desafío, más que decir que uno es diferente, es decir
que uno es mejor y demostrarlo. Si uno lo puede explicar hablando, las
posibilidades de tener éxito son mucho más importantes.
—¿Con
esa posición el peronismo podría tener una posibilidad de éxito en 2.019?
—Creo
que sí. Es una cuestión básica: si seguimos haciendo lo mismo y con la misma
gente, las probabilidades de éxito serán nulas.
—¿El
desafío sería crear algo superador tanto de Cambiemos como de los gobiernos
peronistas precedentes?
—Tal
cual. No alcanza con el peronismo solo. Lo peor que nos puede pasar a los
peronistas es convertirnos al dogmatismo partidocrático. ¡Si nunca lo fuimos!
Ahora vamos a una lógica de sacralización de la institucionalidad partidaria
que jamás hemos tenido, ni en vida del propio Perón. El gran desafío será
construir esa nueva institucionalidad.
—¿Como
si fuera otro Cambiemos, otra alianza con distintos partidos?
—Claro,
con la fuerte base social que tiene la genética peronista. El peronismo, con un
formato más moderno, entendiendo la lógica de participación ciudadana, puede
ser mucho más competitivo de lo que, incluso, hemos sido en el pasado.
—No
hace mucho definió su idea de ese nuevo peronismo: “Si cambió el mundo, si
cambió la cabeza de la gente, el peronismo tiene que cambiar, ser más
republicano, más democrático, más horizontal”, dijo. Y habló sobre coherencia y
responsabilidad institucional. ¿Qué ejemplos en el pasado hay de eso en el
peronismo? ¿Cafiero?
—No
los tenemos, sinceramente. Uno recuerda lo que le tocó vivir. Cuando militaba
en Derecho en la UBA
veía el proceso de la renovación peronista y me enamoraba. Tal vez no
estuvieron en su tiempo, o algo hubo, algún desajuste fatal. Fue un ensayo muy
interesante pero en otra Argentina. Probablemente no tengamos antecedentes,
porque técnicamente no era ése un producto que pudiera ser consumido
electoralmente.
—¿Hoy
sí lo es?
—Creo
que sí, definitivamente.
—Usted
también usó otra figura para definir el peronismo futuro: “El peronismo no es
la dirigencia, es la gente”. ¿Macri no representa eso hoy, con la gente de su
lado?
—No.
Lo es desde otro lugar y con una mirada distinta. Tenemos diferencias estructurales
respecto de su mirada del gobierno, de caminar hacia un Estado cada vez más
pequeño, con menos participación en la economía. Una mirada con la cual no
coincidimos. Es en ese aspecto donde más diferencias tenemos. Pero eso no
quiere decir que, desde otro lugar, ellos puedan construir un nivel de relación
con la gente muy sólida. Es el famoso cuento de que sólo los peronistas podemos
estar cerca de la gente. No es cierto eso.
—¿Usted
los ve reduciendo el Estado?
—Conceptualmente
es lo que predican. En términos reales no es lo que se ve, pero es lo que
predican, es su idea.
—Uno
de los puntos con los que muchas veces se ha prejuzgado al PRO, y me incluyo,
era su mirada similar a la de los años 90, con un Estado más chico. ¿Le parece
que hoy el Gobierno reivindica una idea desarrollista, no en contra del Estado
sino del Estado que dejó el kirchnerismo?
—En
términos del volumen del sector público, coincido. Es una cuestión de sentido
común. Si abrimos la
Argentina y queremos exportar, tenemos que importar. No estoy
de acuerdo con la lógica del proteccionismo, pero quiero equidad. Si dejo que
entre un producto quiero que la posición arancelaria sea similar a la carga que
tengo por producirlo en el país. De lo contrario destruyo la producción nacional.
Ese tipo de mirada, en la cual el mercado no debería autorregularse sino
requerir de la regulación pública, es lo que más nos diferencia.
—¿El
Frente Federal en el Congreso, con el PJ, Pichetto, en el Senado, Bossio y
otros diputados separados del kirchnerismo en alianza con el Frente Renovador
sería un anticipo de la unión del peronismo sin kirchnerismo?
—No
sé si caminará una alianza parlamentaria entre distintos sectores de peronismos
o de fuerzas, porque hay fuerzas que no son peronistas ni tienen nada que ver
con el peronismo, pese a sostener intereses comunes. Debemos sostener
relaciones que permitan que al país le vaya bien, más allá de la coyuntura, de
la utilidad política. Argentina debería avanzar en algunos acuerdos de
políticas de Estado y ponerse a trabajar sin caer en la tentación de la chicana
y la discusión, esa espectacularidad del debate político semanal. Si la
política argentina fuese un poco más aburrida, no tan intensa, al país le iría
bastante mejor.
—Un
bloque panperonista excluyendo al kirchnerismo.
—En
Diputados ya existe eso. Acompañé la iniciativa de los diputados de Salta que lo impulsaron porque me parece que es lógico
y es inevitable que en el Senado suceda lo mismo porque hay miradas que no
tienen nada que ver con lo que nosotros queremos para Argentina. Nunca le
apliqué el “peronómetro” a nadie. Muchos no tuvieron nada que ver con el
peronismo, vienen de alianzas coyunturales. Como todos los peronistas, desde el
propio Perón y sus distintas alianzas de acuerdo a las diferentes épocas.
—Si
nos situamos con el Perón que echa a los Montoneros de la Plaza de Mayo en 1.974,
¿usted dice que el verdadero peronismo es ése, el que se quedó en la
plaza?
—Ninguno
de los dos, probablemente. Sabbatella, por ejemplo, no tenía mucho que ver con
el peronismo. Lo combatió siempre. Entonces, si el parámetro de pertenencia al
peronismo es gente que toda la vida se reivindicó antiperonista, estamos
complicados. El panperonismo tiene que ser algo más grande que el peronismo.
Por desgracia hay ciertos núcleos duros del kirchnerismo que van en un
andarivel totalmente diferente a lo que nosotros creemos que debe ser la mirada
del peronismo.
—¿Se
imagina entonces a los legisladores de Massa sumándose?
—Sería
buenísimo. Pero repito: más que la obsesión por bloques más grandes, tengo
obsesión por la coherencia, sostener una línea, una coherencia. Para que la
gente no se desoriente.
—Para
armar esa coalición para competir con Cambiemos en 2.019, ¿el panperonismo
debería buscar sumar a otros sectores?
—Por
supuesto. Voy a ser muy claro: la construcción del espacio político se hace sin
derecho de admisión. Uno tiene que plantear ideas comunes y vamos para
adelante. En el camino se ordena la carga.
—¿Ni
lo ve a Massa volviendo al peronismo, o al panperonismo en esa alianza?
—Vi
en los medios algo de eso. Hace bastante que no hablo con él.
—¿Cómo
ve el futuro de Massa? Por edad, tal vez sea un candidato con el cual usted
compita alguna vez.
—Lo
que está buenísimo es entender la política no desde la lógica del personalismo,
sino desde la construcción colectiva. Si se genera una construcción colectiva
creo que Massa, o cualquier dirigente que esté o no esté revistando
institucionalmente en el PJ, es valioso para esta construcción.
—Usted
mencionaba a Sabbatella, que siempre se había definido como antiperonista. En
el caso de Massa, con él está Margarita Stolbizer, que también es
antiperonista. ¿Eso dificulta algo?
—El
parámetro lo puse como un ejemplo de pertenencia. Si además de ser
antiperonista tiene un parámetro de pertenencia antiperonista, estamos
perdidos. A eso me refería. Con Stolbizer, personalmente, siempre tuve una
relación muy buena.
—Concretamente,
en esa coalición o nuevo sector, ¿usted la imagina con alguien como Margarita
Stolbizer adentro?
—Sí,
sería buenísimo.
—¿Y
al socialismo?
—También.
Me parece una fuerza súper interesante. En términos de respeto, diría que ojalá
podamos caminar juntos, más que sumarnos unos a otros.
—Con
ellos compartían la misma preocupación por las personas más carenciadas, ¿lo
que los diferenciaba era el método?
—Exactamente.
—Ya
resuelto el tema del método si el nuevo peronismo incorpora prácticas
republicanas, ¿se imagina en una Argentina bipartidista con Cambiemos por un
lado y otro gran sector con más preocupación en lo social?
—Sí,
dejando de lado los prejuicios. Todos caemos en un prejuicio casi adolescente
respecto de estigmatizar al que piensa diferente. Puedo competir con la gente del
Gobierno que piensa diferente pero sin aplicar la nefasta lógica
amigo-enemigo.
—Más
allá de las palabras, ¿será ésa la coalición que vaya a enfrentar a Cambiemos
en el futuro?
—No
tengo dudas, sería lo esperable. La proto Argentina, de 1.810 hasta el 1.953,
se clasificó en dos corrientes de pensamiento que fueron cambiando de nombre.
Una fuerza conservadora fuertemente institucional casi antirreformista, y otra
casi revolucionaria, casi antiinstitucional. Alguna vez fueron radicales y
conservadores, otra vez fueron peronistas y radicales. Siempre se dio esa
lógica.
—Un
grupo que defendía la institucionalidad y otro que decía: “Eso de las
instituciones es un verso de los que más tienen para perpetuar sus
privilegios”.
—Tal
cual. Así funcionó.
—Pero
si el peronismo también se hiciera institucionalista, esa lógica se
cambiaría.
—Sí.
Para mí esa lógica debe cambiar. Y el peronismo tiene la potencialidad para
construir eso. No sólo el peronismo, sino compañeros de muchas otras
fuerzas.
—Si
en lo institucional no hubiera diferencias, ¿la identidad sería por poner más
foco en lo social?
—Es
el tema que hoy requiere la mayor atención de los argentinos. Acabamos de
conocer indicadores de pobreza. La cosa parece mejorar. Pero claramente
seguimos sumergidos en una situación de mucha injusticia. Nuestro país sigue
siendo inequitativo, fuertemente excluyente, sobre todo a nivel regional.
—¿Cómo
ve el futuro de Randazzo, el espacio que está construyendo?
—Es
un dirigente muy valioso. Como Massa. Ambos pueden ser parte de una
construcción como ésta, son totalmente compatibles.
—El
peronismo de Córdoba, al ser el más anti K y también anti Scioli en la
integración de De la Sota
con el Frente Renovador de Massa en las últimas elecciones, ¿es un peronismo
distinto, rara avis?
—No.
Es peronismo. Vuelvo a nuestra clásica costumbre de aplicar el peronómetro. Hay
una construcción política que si uno mira hacia adentro de Córdoba, advierte
que no es sólo el peronismo. Unión por Córdoba tiene componentes con mucho
vecinalismo, mucha participación. Es una fuerza súper interesante.
—El
hecho de que Schiaretti haya perdido estas elecciones, ¿lo debilita?
Paralelamente, ¿hay un límite generacional para De la Sota?
—En
la corta sí, probablemente. Las acciones suben y bajan, pero es una mirada muy
cortita. En una construcción a mediano plazo como la que creo que necesita
hacer el peronismo, es casi una anécdota un resultado electoral.
—Se
le achaca en particular al peronismo de Córdoba, por ser el más anti K, el
haber sido funcional tanto al triunfo de Macri en 2.015, como en las últimas
PASO. De hecho, las chances de que Cambiemos gane la gobernación en dos años no
son menores. Hay un ejemplo de la naturaleza que puede servir para graficar la
situación: los puercoespines, como todos los mamíferos, necesitan calor cuando
duermen y por eso se amuchan. El problema es que, como se pinchan entre ellos,
tienen que estar a una distancia suficiente como para darse calor sin
lastimarse. ¿Eso pasaría con Macri? ¿Hay que estar lo suficientemente cerca de
él, pero no tanto como para no quemarse?
—No.
Más que ayudar a Macri, hay que ayudar a que la Argentina vaya para
adelante. ¿Eso lo va a potenciar? Seguro que sí, porque lo que queremos es que
a Argentina le vaya bien. No hay que tener complejos. Si uno está seguro de lo
que piensa y hacia dónde va, no hay que tener reparos en caminar un poco más
cerca o un poco más lejos que el de al lado. Si nuestro parámetro referencial
es lo que pensamos y no la distancia que tenemos con el de al lado, habrán
cosas que nos acercarán y cosas que nos alejarán. Es natural.
—Y
que siendo Córdoba la provincia más anti K de todas, termine siendo la
provincia más macrista gobernada por el peronismo, ¿qué reflexión le
genera?
—La
provocación de la construcción política que condujo Cristina Kirchner hacia los
cordobeses fue tan fuerte que me parece que era inevitable ese desenlace.
Mirado desde afuera, había una especie de ensañamiento contra Córdoba, y los
cordobeses. Lo que más hay en Córdoba es cordobesismo. Más que peronistas,
macristas o kirchneristas, los cordobeses son cordobesistas.
—Usted
apoyó la candidatura de Scioli en 2.015 y lo acompañó durante la campaña. En el
reportaje que le hicimos para esta serie él recordó cuando usted viajó a
Estados Unidos y que él le pidió que transmitiera el mensaje de que, en el caso
de ser elegido, buscaría solucionar el tema con los holdouts. ¿Cómo fue su
relación con ese Scioli candidato?
—Acompañé
lo que pensé era una buena alternativa, una buena transición para que un
peronismo pudiese salir del lugar donde estaba. Daniel era el candidato
indicado. Nos faltó demostrarle al pueblo argentino que quien iba a conducir la Argentina podía ser él,
no el kirchnerismo residual. Las cosas, es obvio no salieron como
pensábamos.
—¿Creía
que iba a ser él y no el kirchnerismo quién condujera?
—Debía
de ser así y trabajé para que así sea. Pero no me fue bien. Ni a mí ni a
ninguno de nosotros.
—Le
recomendaba separarse más de Cristina.
—Sí,
por supuesto. Inclusive esa anécdota que recordó Daniel en su momento, generó
una situación incómoda. Porque mientras yo hacía esos contactos en los Estados
Unidos, nuestro propio candidato a presidente negaba tener que ver con esa
idea. Faltó imponer personalidad, imponerse. Lo que no necesariamente significa
pelearse sino demostrarle a la sociedad que uno está dispuesto a sostener una
posición. Cuando le gente percibió que no estábamos dispuestos a eso,
claramente eligió otra opción.
—¿Y
en 2.019 el candidato a presidente va a ser usted?
—No
sé. Antes que pensar en eso apuesto a la construcción colectiva. Quiero ser
parte de una construcción que le va a servir a la Argentina y al
peronismo. Mi deseo es ser parte de eso. Pero si esa construcción tiene nombre
propio y se achica al tamaño de mi propia persona, está destinada a fracasar
antes de nacer. Todo dirigente político quiere ser presidente y yo no soy la
excepción. Pero lo prioritario es construir un espacio común. Siempre trabajé
con una lógica bastante orgánica, pese a las provocaciones sistemáticas que
recibí durante la época kirchnerista. No me fui del PJ porque nací ahí.
—¿Quiénes
serían, dentro de ese campo más preocupado por lo social, los cinco dirigentes
que usted imagina que tendrán que construir ese proyecto que trascienda a una
persona?
—Hay
gobernadores que tienen una posición muy interesante en ese sentido. Hay
legisladores nacionales, legisladores provinciales, intendentes de municipios
importantes del país que tienen, o tenemos, posiciones comunes.
—Pero
necesitan un candidato a presidente.
—Claro.
Que debe ser el mejor. Hay que caminar, y en dos años ver qué es lo mejor. En
esto hay que ser práctico. Nosotros tenemos gobernadores que pueden tener una
potencia formidable, tenemos legisladores súper interesantes que hicieron
elecciones bárbaras. Gente de todo el país con enorme potencial.
—Pero
en el caso de Sergio Uñac en San Juan, Gustavo Bordet en Entre Ríos, Sergio
Casas en La Rioja,
Domingo Peppo en Chaco o Rosana Bertone en Tierra del Fuego, fuera de sus
provincias y a nivel nacional, ninguno llega al 10%. Eso no se puede revertir
en dos años.
—Eso
era lo que tenía Néstor Kirchner, un 10 o 15% de conocimiento cuando empezó la
historia. Pero el país estaba en una emergencia institucional. No es aplicable,
aunque en Argentina tuvimos muchas referencias. Pero soy consciente que las
cosas han cambiado. Uno de los problemas serios que tiene la construcción
federal en Argentina es consecuencia de lo que ha pasado con la reforma
constitucional de 1994, que dejó al federalismo casi herido de muerte. Eso
conspira.
—Otro
ejemplo es el de Omar Perotti, del peronismo de Santa Fe, quien por sus
indudables méritos hizo que Cambiemos intentara cooptarlo, pero es difícil
imaginarlo compitiendo para presidente porque su nivel de conocimiento nacional
no es alto. Los únicos candidatos con alto conocimiento nacional son Massa y
usted. Ahora lo intenta Randazzo pero con mucha dificultad.
—Sí,
soy consciente de que ése será el punto de partida. Hay que caminar dos años, y
después ver qué sucede. En esto soy ciento por ciento práctico: no se puede
empujar una pared con patines. No es fácil en un país como Argentina hacer
proyecciones. Pero dirigentes hay.
—Y
respecto de Massa en estas elecciones usted salió más favorecido.
—Hicimos
una buena elección en términos relativos. En las últimas dos décadas de elecciones legislativas de medio término en
Salta, nadie ganó con más del 31% de los votos y en ésta construimos un 38%
y pico, con lo cual hicimos una buena elección. No es una elección como las que
hacemos en las elecciones ejecutivas. Alguna vez saqué el 60%, otra el 50. Pero
eso es como comparar peras con manzanas. Si lo medimos con otras provincias,
hay otros que sacaron mucho más votos y más porcentaje que nosotros.
—Manzur
sostiene que gobierna la provincia con la administración peronista más votada y
logró la mayor diferencia con Cambiemos.
—Sí,
claro: hizo una gran elección. Es cierto lo que dice Juan.
—Vuelvo
al tema del conocimiento para ser un candidato presidencial. A usted se le
suele achacar ser conocido nacionalmente por su casamiento con la actriz Isabel
Macedo. ¿Cuánto lo ayudó ella?
—Yo
milito desde los 14 años, soy gobernador hace 10, fui diputado nacional ocho,
fui diputado provincial, constituyente. Me formé y me preparé toda la vida para
administrar la cosa pública. En términos objetivos, el nivel de conocimiento no
creció. Puede haber mejorado porque uno entra por otro lugar, eso es obvio sería
absurdo negarlo.
—Usted
empezó muy joven. ¿A qué edad llegó a gobernador?
—A
los 38 años. Empecé muy jovencito. Fui candidato a diputado provincial y me
quedé afuera por menos de un punto con 24. Fui segundo del ministro de
Gobierno, secretario de Prensa y electo diputado a los 27, y a los 32 estuve al
frente de la
Comisión Parlamentaria Constitucional. Dediqué toda mi vida a
formarme para hacer lo que estoy haciendo. Es cierto que entrar a lugares
diferentes, que se hable de mi relación con Isabel, que es una actriz exitosa,
influye. Pero si uno se sienta a revisar los datos del nivel de conocimiento,
nada fue tan determinante. Fue un todo.
—Pero
usted tenía un conocimiento a nivel nacional de sólo 32% cuando acompañó a
Scioli en la campaña y subió al 60%. Después, cuando Macri gana, visita tres
veces Salta y lo invita a viajar,
subió más. Y al ponerse de novio con Isabel Macedo alcanzó un 80%.
—Entonces
le voy a pedir a Isabel que me ayude con los 20 que me faltan… (risas).
—Ya
lo ayudó, porque sumó puntos más a partir de su noviazgo. ¿Todos estos números
no lo colocan en una situación ideal para ser candidato en 2.019?
—Como
todo en la vida, uno puede tener el mejor yogur del planeta, pero si la gente
no sabe que existe, nunca lo van a comprar. Primero hay que estar en la góndola
y en un lugar visible. Una vez que sucede eso, hay que trabajar mucho y sostenerse.
—¿Piensa
que las PASO son una buena herramienta para ordenar el sistema político y
potenciar candidaturas?
—Yo
defiendo el sistema de las PASO. Es un buen mecanismo para posibilitar la
renovación política en Argentina. Si no tenemos PASO, condenamos a los partidos
políticos a su disolución o a un nivel de concentración de poder total y
agobiante de sus conducciones. Que sin las PASO serían lo que fueron en otros
tiempos, cuando un funcionario de tercer nivel llamaba a un gobernador y le ordenaba
quiénes debían ser sus candidatos. En Salta
nunca pudieron hacerlo. Pero sí pasa en Cambiemos, que desde Buenos Aires
determinan quiénes son los candidatos en cada provincia. Para mí hay que ir más
allá y crear un sistema 100% de financiamiento público de campañas. No pensaba
lo mismo en 2.000, cuando sancionamos la ley, que recuerdo haber debatido con
Lilita Carrió. Yo creía en el financiamiento mixto, pero la experiencia de 17
años en la función pública me demostró que hay que evolucionar a un sistema de
financiamiento público. El discurso del Gobierno sobre cuánta plata cuesta la
elección raya con lo inadmisible. Otro elemento que agregaría, también con
financiamiento público, es el voto con boleta única electrónica. No soy
dogmático en eso. Lo que quiero es evitar el abuso de poder del que gobierna
frente a los que no lo tienen.
—¿Cristina
Kirchner se equivocó al no darle las PASO a Randazzo?
—Yo
creo que sí. Pero eso responde a lo que también sucedió en muchos distritos con
Cambiemos, donde se obligó a que no haya PASO. Es un formato.
—¿Son
resabios autoritarios que quedan?
—Sí,
algo de eso hay.
—Usted
mencionó el voto electrónico y lo probó en 2.009. ¿Por qué cree que a nivel
nacional o provincia de Buenos Aires no se pudo implementar?
—El
que tiene una posición de poder parte con una ventaja competitiva respecto del
opositor. Eso es inevitable. La ventaja es más grande o menos grande de acuerdo
a la logística y la capacidad operativa de la oposición. Pero siempre, y no
porque alguien haga trampa, hay un sistema que se impone. Salta tiene 155 mil kilómetros cuadrados y si uno conforma una
fuerza opositora y tiene que garantizar que lleguen las boletas a lomo de mula
en el medio de La Puna, el Chaco salteño o cualquier pueblo,
y no tiene la logística, no digo que haya un oficialismo que haga trampa pero
la gente va a votar, la boleta no está y la gente ni se entera que uno es
candidato. Por eso creo que hay que ir a un sistema de financiamiento. Hay un
prejuicio que es ni siquiera político. Es psicológico. Hay sectores del
peronismo que todavía no advirtieron que no son más el poder y siguen teniendo
una mirada conservadora de sostenimiento de algo que ya no existe, que ya no
está más. Ese es un problema grave que tenemos. También es cierto que desde el
Gobierno tampoco hubo un fuerte apasionamiento para avanzar con la
reforma.
—Hablando
de 2.019: ¿imagina a Macri dando las hurras y dejando a uno de sus delfines
como candidato a presidente? ¿O imagina que él, como Vidal y Larreta, buscará
la reelección?
—No
lo sé. No lo conozco lo necesario como para dar una opinión respecto a eso. Un
dirigente político clásico pensaría en quedarse, pero no tengo elementos de
análisis suficientes.
—¿Piensa
que la alianza del radicalismo con el PRO en Cambiemos es algo que perdurará en
el tiempo?
—Yo
veo al radicalismo en pleno proceso de reconstrucción. Le pasa algo parecido al
peronismo. La formalidad institucional del radicalismo puede sostenerse y hay
muchos radicales que empezaron a correrse porque no se sienten representados en
algunas cosas. Pero no veo que haya problemas en la continuidad de esa alianza.
Sí puede pasar individualmente, como también le puede pasar a un dirigente del
PRO que se vaya, pero para nada una ruptura institucional.
—Usted
estuvo muy cerca de Elisa Carrió en su época de diputado en el Congreso y fue
testigo de su evolución a lo largo de los años, ¿cree que esta vez terminará
como en sus alianzas anteriores, yéndose de lo que ayudó a construir?
—Ella
es una dirigente con personalidad muy fuerte. Hasta ahora el presidente Macri
ha tenido un expertise político muy interesante en términos de acordar frente a
situaciones tensas que hubo con Lilita. Me parece que no existe ningún
inconveniente como para no seguir caminando juntos. Si lo hicieron hasta ahora
no veo por qué eso podría cambiar.
—Simulemos
esto. El primer Néstor Kirchner era distinto al Kirchner que conquistó el
poder. ¿Es probable que Macri, después de estas elecciones, sienta que tiene el
poder y diga: “Bueno, hay algunos sapos que no quiero comerme más”?
—No
va a estar en posición de hacerlo porque no tendrá un gobierno con mayoría en
ninguna de las dos cámaras. Es posible que tenga una primera minoría en
Diputados, pero eso no le alcanzará como para tener un viraje en ejercicio del
poder. No por ahora.
—¿No
estaremos juzgando con categorías ya viejas la cantidad de diputados y
senadores? Hoy, por la reforma constitucional de 1.994 y por los impuestos que
se fueron creando a partir de la situación de crisis, más allá de la devolución
del gobierno nacional a las provincias, todavía el Poder Ejecutivo mantiene una
cantidad de años de enorme capacidad discrecional.
—Sí.
Definitivamente.
—Entonces
no necesita tener más diputados. Si tiene el arma del presupuesto, los
gobernadores en busca de fondos para conseguir mejoras en su provincia
terminarán haciendo que sus legisladores voten lo que pida el
oficialismo…
—Eso
debilita, es cierto. La falta de federalismo fiscal que hay en Argentina
debilita, pero todavía no veo al Gobierno en una posición como para tener esa
situación. Veremos qué pasa en el 2.019.
—En
2.019 usted no podrá ser candidato a gobernador porque ya habrá cumplido tres
períodos y dos reelecciones. ¿Será candidato alguno de sus hermanos, el senador
o el vicepresidente de la UIA?
—No
hay más espacio para eso. Salta es
una provincia exigente en términos de institucionales. Es mucho tiempo. Ya el
formato constitucional de tres mandatos es demasiado y creo que la gente puede
cansarse. Pero habrá que ver. No lo veo como un escenario posible.
—Usted
estudió derecho, en el Congreso estuvo a cargo de la Comisión de Asuntos
Constitucionales y es profesor de Derecho Constitucional. Está claro que nunca
le interesó el derecho comercial ni penal, sino aquello que le diera
herramientas para la conducción política. Hoy tenemos un presidente que no es
abogado, un jefe de Gabinete, dos vicejefes y un ministro del Interior que no
son abogados. ¿Qué reflexión le merece esto de que no haya abogados conduciendo
el país?
—Que
si hubiera más abogados en el Gobierno nos hubiésemos ahorrado algunos
problemas, como el intento de designar jueces de la Corte por decreto, en
comisiones. No planteo que haya mala voluntad del Gobierno. Lo que me parece es
que no hubo gente que supiera derecho constitucional para explicar la gravedad
institucional que eso traía aparejado. Además de ser abogado, me he formé
obsesivamente, aquí y en el exterior. Después de la crisis de 1.929 en Estados
Unidos y la posguerra en Europa, el nivel de participación del Estado en todos
los países fue enorme, mucho más grande que en las primeras dos o tres décadas
del siglo XX y todos se dedicaron a formar agentes públicos. El gran problema
en Argentina es que podemos tener un montón de gente con buenas o malas
intenciones, pero con bajo nivel de formación técnica. Es una de las
debilidades que tenemos. Todos los gobiernos han tenido el mismo
problema.
—Pero
este gobierno parece que hace gala de no tener expertos en leyes en los puestos
más importantes del Estado.
—Sí,
y ése es el problema. Es una limitante y se advierte como uno de los problemas
que tenemos en términos de administración, de falta de liderazgo en la
administración. No porque alguno sea bueno o malo, sino por el proceso en la
toma de decisiones. Pero ese problema no es patrimonio de este gobierno. Es
absurdo, pero las únicas mecánicas de formación continua del agente público que
hubo en los últimos 60 años fueron la Escuela de Guerra del Ejército. Como gobernaron
mucho tiempo, tenían eso. Es aberrante pero es el único lugar donde hubo
formación. Argentina tiene ese déficit y habrá que esforzarse y trabajar para
solucionarlo.
—En
sus años como gobernador, ¿probó sumar al gobierno personas exitosas de la
actividad privada?
—No
tuve necesidad. Llegué al gobierno y tenía la Escuela de Administración Pública que yo
conducía. Una organización no gubernamental que tenía convenios con la
provincia y los municipios. Ya como gobernador la disolví y creé esas
reparticiones en el gobierno, porque no me parecía correcto acordar con una ONG
conducida por mí. Tenía cientos de jóvenes licenciados en Gestión de Política
Pública, con cursos y posgrados en gerenciamiento público. No tuve ese gap que
siempre tiene una administración nueva hasta que aprende. La gestión anterior
de Romero había sido ordenada, no había problemas de gestión. Cambié algunas
prioridades, me fui más a lo social, profundicé el federalismo interno, pero
reemplacé a un gobierno exitoso en términos de administración. La vara estaba
bien alta. Al asumir incorporé a representantes de los diferentes sectores de
la comunidad en las áreas de conducción. El presidente de la Cámara de Comercio pasó a ser secretario de
Comercio, el de la cámara de Minería
pasó a ser secretario de Minería, la presidenta del Colegio de Arquitectos titular del IPV, el del Círculo de
Ingenieros de Obra pública. Pero debo decir que abajo de todos ellos, tenía
una estructura sólida de funcionarios. Eso me allanó el camino.
—A
priori, ¿le parece bien que los CEO pasen a ser ministros?
—A
priori no me parece ni bien ni mal. Pero creo que la Argentina debiera de
tener formación pública. Hoy, en las circunstancias que tenemos no nos queda
otra porque no hay de dónde sacarlos y ése es un déficit que nos cuesta muy
caro. No de probidad o no, hablo de la falta de experiencia en el sector público.
—Usted
pidió respeto a la diversidad cultural frente a las críticas que se le
hicieron, fundamentalmente en Buenos Aires, a la obligatoriedad de la enseñanza
religiosa en los colegios de la provincia, que está en la Constitución
provincial. ¿Por qué en Salta está
más arraigado el catolicismo que en el resto del país?
—Hay
una honda raíz cultural. Por todo lo que fue el Virreinato del Alto Perú,
siempre tuvimos una mayor tradición vinculada a lo religioso. Y cuando hablo de
lo religioso, también planteo el sincretismo en toda nuestra zona andina, desde la Pachamama hasta el credo
politeísta o monoteísta. Es más una cuestión ilustrativa o informativa que
confesional. Hace poco se hizo la procesión
del Señor y la Virgen
del Milagro. En la ciudad de Salta
hay 600 mil habitantes y había casi 900 mil en la procesión: una
manifestación cultural tan contundente, que aquellos que nos ufanamos de tener
alguna formación intelectual debemos plantearnos hasta qué punto podemos
cuestionarla. Cuando se reformó la
Ley de Educación provincial se copió
escrupulosamente el texto constitucional, con puntos y comas. La misma ley
existe desde mediados del siglo XIX y las veces que se intentó cambiarla fue
algo imposible. Pero también hubo mala información. La obligatoriedad en la
provincia no es del educando sino del Estado, que tiene la obligación de
proveer la enseñanza religiosa sin que esté dentro de la currícula, sin que sea
obligatoria, sin que se evalúe a los niños. Lo que, admito, puede ser raro
visto desde otro lugar.
—Algo
anacrónico.
—Exactamente.
Pero hay que traer la gente a Salta.
Una de las cosas lindas que tiene la Argentina es nuestra profunda diversidad,
inclusive la cultural. Y lo bueno de esto, lo que nos hace geniales como país,
es esa cosa de haber sabido convivir. Si pretendemos uniformarnos, perderemos
potencia.
—En
2.015, cuando fue electo por tercera vez, fue contra las candidaturas de Juan Carlos Romero y el sojero Alfredo
Olmedo, las dos fortunas más grandes de Salta. En esa tradición salteña conservadora, ¿ser empresario o hacendado es un
pasaporte más importante para la política que en el resto del país?
—No
necesariamente, por eso les pude ganar. La presencia de Romero como candidato está bien, es un empresario importante, pero también es hijo de otro gobernador
con arraigo popular, entonces quedó como una suerte de tradición política.
A Olmedo también lo enfrenté en 2.011,
pero no significa que logren más potencia en otros lugares.
—¿No
cree que quienes no conocen Salta
miran la provincia con cierta perplejidad por su tradición tan religiosa y la
asocian con una sociedad más aristocrática?
—Sí,
es posible. Podría haber una tendencia hacia eso, pero en Salta tenemos un sistema de financiamiento 100% público de campaña
y un sistema donde, por más que un candidato sea millonario, no puede gastar su
dinero en la campaña porque todo lo provee el Estado. No puede comprar segundos
de televisión o centímetros en los diarios, ni imprimir millones de boletas.
Eso limita. Mire: cuando instalamos el 100% de votos con boleta única
electrónica en la capital de Salta ganó el Partido Obrero. Eso, más allá de
cualquier tendencia cultural, democratiza mucho el sistema electoral.
—Juan Carlos Romero es dueño del diario “El Tribuno”, el diario más importante de Salta.
Mucho se habla del poder de los medios, ¿cómo ha sido su experiencia al
enfrentar en las urnas al dueño del medio más importante, que además era un ex
gobernador?
—Fue
dificilísimo. Después de la elección se bajan los decibeles, pero no fue nada
sencillo. Uno, a nivel nacional, ha vivido algunas situaciones. Pero que ni por
asomo son parecidas. Acá era el dueño de un medio que luchaba por detentar el
propio poder. Fue una experiencia traumática, pero por fortuna el pueblo salteño
logró superarla con mucha facilidad.
—En
función de esa experiencia, cuando se debatía la Ley de Medios a nivel nacional, ¿cuál era su
posición?
—Fue
uno de los elementos de mayor distanciamiento con el gobierno nacional, porque
estuve en contra de lo que se hizo y cómo se hizo. En ése momento Argentina
necesitaba una regulación, pero el nivel de obsesión del Gobierno por bajar la
potencia de algunos medios de comunicación, invalidaba la reforma. Lo peor que
le puede pasar a un país es no tener abierta la pluralidad.
—Frente
a lo que sucede con los mapuches, ¿cuál es su reflexión sobre el tema de los
pueblos originarios? ¿Existen en Salta
circunstancias que pueden tener un grado de similitud con lo que sucede en el
sur?
—Son
situaciones muy diversas. El gran mal argentino es que el abuso de ciertas
situaciones termina virtualizando todo. Por censo, prácticamente el 5% de la población salteña se autotitula
Pueblo Originario. Hay regiones, sobre todo en el noreste de la provincia,
donde eso es una realidad concreta. En la zona del Chaco salteño hay conflictos que intentamos resolver y que ya
tienen 50 años. Es el caso de dos lotes fiscales, el 55 y el 14. Salta, durante mi gestión, les ha
cedido 640 mil hectáreas a representantes de pueblos originarios. Tenemos un Ministerio de Asuntos Indígenas, una
educación intercultural bilingüe y un sistema sanitario intercultural bilingüe
que nos permitió bajar los niveles de mortalidad infantil. Pero también hay
situaciones irregulares en los Valles
Calchaquíes que generan preocupación porque escudada en supuestos planteos
de reivindicación, existe una utilización de intermediarios.
—Alguien
que se autotitula con el único fin de conseguir una propiedad…
—Exactamente.
El gran problema argentino es la lógica del blanco o negro. O está todo bien o
está todo mal. No. En Salta existen comunidades de pueblos originarios entre el
río Bermejo y el Pilcomayo, en el noreste, bastante hostiles. Son áreas
donde no se entró nunca y el problema es que lo estamos haciendo 200 años más
tarde. Esas civilizaciones están más de dos siglos ralentizadas respecto de
otras, y eso obliga a una convivencia intercultural mucho más fuerte. Detrás de
eso hay una utilización, eso es claro. Hubo un caso en Orán con el ingenio San
Martín de Tabacal, que hoy está en vía de apelación a nivel nacional, en
donde se plantea una reivindicación de pueblos originarios que habían entrado
al país hacía cinco años, pero decían que con la ocupación de los Incas los
habían despoblado antes de la llegada de Colón. Hay mucho de cuento. Pero debo
respetar la interculturalidad.
—¿Y
respecto del caso Maldonado?
—Sinceramente
conozco el caso por los medios, pero en un Estado de derecho no puede haber
desaparecidos (N de R: respondió antes del miércoles). Hay que trabajar mucho
en eso. Acá en la provincia han desaparecido personas y es una deuda pendiente.
Lo que espero, por cierto, es que todo esto se esclarezca lo antes
posible.
—Jujuy
está muy cerca. ¿Cuál es su evaluación del caso de Milagro Sala, de su obra, su
detención, las condiciones de su prisión?
—En
su momento la organización de Milagro Sala ocupó un vacío en términos de
ocupación territorial que la institucionalidad no ocupó. Si a una persona
vulnerable se le vuelan las chapas de su rancho en un viento de agosto, no
tiene dónde recurrir y hay una organización que se las da, es lógico que sea
hagan adherentes. En lo práctico es así. Esa organización cumplía un rol social
que en mi provincia lo cumple la institucionalidad, cada municipio. Cuando
llegué al gobierno disolví el Ministerio
de Desarrollo Social y transferí recursos a los municipios. Le di la responsabilidad
de ese trabajo territorial a cada intendente, sean del partido que fueran. Eso
permitió que el ciudadano sienta que frente a una emergencia era el Estado el
que, dentro de la institucionalidad lo podía socorrer. Pero la alimentación
indebida en términos de recursos que hizo el Estado nacional, terminó generando
un monstruo. El problema es administrar el dinero público sin los controles
necesarios. Eso es irregular. Si alguien administra dinero público sin los
recaudos correspondientes, pasa lo que pasó con Milagro Sala. Una persona no
puede tener auditoría del manejo de recursos públicos sólo por ser militante.
Tener inmunidad por ser militante social es absurdo en términos legales e
inadmisible en términos políticos. Sería plantear que cualquier persona que
tenga una función social, incluso dentro del Estado, puede hacer lo que sea por
ser militante social. No puedo opinar puntualmente sobre las causas que la
tienen detenida pero puedo afirmar que argumentar que el control en la
administración de los recursos públicos es una persecución a la lucha y la
militancia también puede ser también una manera de encubrir corrupción.
—¿Lo
que usted dice es que su obra tiene muchos aspectos positivos, pero ha cometido
actos que pueden ser considerados delitos y por lo tanto está bien que sea
juzgada, detenida y eventualmente condenada?
—Claro.
Uno opina de afuera pero conoce la situación porque estamos muy cerca: en Jujuy
se dio una situación en algunas regiones, particularmente en los barrios de
Túpac Amaru, donde se administraba hasta la seguridad de la gente. Había un
estado dentro del Estado y eso en Argentina es inadmisible.
—Siendo
gobernador de una provincia con una
parte importante de frontera con Chile, ¿por qué Argentina, que tiene dos
tercios de cordillera de los Andes dentro de su territorio, no es tan fuerte en
minería como Chile?
—Por
el nivel de prejuicio que se sostiene en Argentina respecto de la actividad
económica. Nosotros tenemos una mirada mucho más complaciente con la minería a
pequeña escala, casi artesanal, que con la megaminería. Pero si uno se sienta a
evaluar el impacto ambiental, es mucho más dañina la artesanal, porque lo que
marca la diferencia en la minería es la inversión. A mayor inversión, más
sustentabilidad ambiental; a menor inversión, menor sustentabilidad. Puede
haber excepciones, algún emprendimiento de megaminería puede que sea un
desastre. Pero es el prejuicio lo que nos complica más.
—¿Los
controles son diferentes a los de los chilenos? ¿Por qué en Chile hay minería
más desarrollada si la cordillera es la misma?
—Antes
que nada, por una cuestión cultural. Nosotros les enseñamos a los chicos en la
escuela que está mal hacer minería. Si uno busca los libros escolares lo va a
encontrar. Ya desde la educación empezamos perdiendo.
—¿Cómo
se perciben desde Salta las señales
positivas de la economía, al menos en el nivel macro, que muestra el
Gobierno?
—Hay
sectores de Salta muy interesantes
porque allí conviven cinco subsistemas económicos. A algunas regiones les va
mejor, a otras peor, pero se compensa. A mí me gusta analizar los indicadores.
Hace poco salieron los indicadores de pobreza. No me gusta verlos como una
foto, porque de esa manera nos perdemos todo el proceso. Ese fue el gran
problema que tuvimos con el Indec. Hoy vemos en la provincia menores niveles de
pobreza que en el promedio nacional y eso se verifica en la actividad
económica. Hay sectores que han mejorado respecto del año pasado. Hay mayor
dinamismo que en 2.016, hemos tenido buenas campañas agrícolas, la actividad de
turismo ha repuntado. Se ven algunos indicadores.
—Respecto
a la lucha contra el narcotráfico, ¿el cambio de gobierno produjo cambios
significativos?
—Lo
que veo es que se habla del tema y eso me parece que está muy bien. En Salta tomamos la decisión de
involucrarnos en el tema, adherimos a la
Ley de Federalización del narcomenudeo y nos está yendo bien,
porque el nuestro gran problema que tenemos es ser una provincia de frontera.
Gran parte de la droga que entra se paga con droga, no con dinero y eso genera
una sobreoferta mayorista que invadió los barrios, los pueblos, todo. Al ser
más eficientes contra el narcomenudeo, logramos frenar el impacto. Pero en
términos globales, la lucha contra el narcotráfico requiere de políticas mucho
más profundas que las que hasta ahora hemos tenido, de esta administración o de
la anterior.
—Además
de hablarse del tema, ¿se hace algo mejor?
—Se
han instalado los radares, pero tampoco es algo muy significativo para el
volumen de esa actividad. Evolucionamos, estamos mejor que antes, pero me
parece que es poco.
—Quisiera
entrar en el tema personal. Usted tiene diez hermanos, su madre es escribana y
su padre fue presidente de la
Corte Suprema de Salta...
—(Interrumpe).
Sí, es impresionante. Pero mi madre tuvo tres pares de mellizos. Entonces fue
más fácil: en tres partos metió seis hijos. ¡Hay que tener seis hijos en tres
partos! Eso explica mucho, pero igualmente somos un montón. Yo soy el
octavo.
—¿Qué
tiene que ver eso con la tradición, con los valores?
—No
mucho. Mi padre no era de Salta.
Conoció a mi madre en la universidad, en Buenos Aires. Por el lado de mi madre
eran tres hermanos, así que tampoco no responde a ese patrón. Tal vez no había
mucha televisión en esa época (risas). Pero es cierto: en Salta las familias tienen más hijos que en los grandes centros
urbanos. Pero yo no le daría un formato de tipo cultural.
—Su
madre es Mera Figueroa, la madre de
sus hijos Saravia Toledo. ¿Pesa el
doble apellido en Salta más que en
el resto de la Argentina?
¿Representa algo ese doble apellido?
—Puede
ser. Yo viví un cambio muy grande de los últimos años. Cuando era chico tal vez
podía tener alguna incidencia, pero hoy ya es una anécdota. En Salta las viejas familias herederas
empezaron, como todo heredero que se precie, a empobrecerse. La plata cambió de
manos, hubo una brutal migración interna, vino gente de otros lugares, la gente
de acá emigró a otros lados. Puede quedar algún gueto chiquito, pero no tiene
incidencia en términos políticos, ni sociales, ni económicos.
—¿Es
algo en vías de extinción?
—Claramente.
No existe el correlato con las cuestiones de poder que sí tuvo durante todo el
siglo pasado.
—Entre
sus hermanos está el vicepresidente de la Unión Industrial
Argentina, hay un senador, un piloto y empresario automovilístico.
Sus padres crearon una familia no sólo prolífica en lo cuantitativo, ¿a qué lo
atribuye?
—Fueron
hiperexigentes. Con tanta estimulación, sobre estimulación y exigencia, había
que esforzarse más. Tal vez a uno le queda ese envión y después le termina
yendo bien…
—¿El
hecho de ser diez hermanos también obliga, dentro del esquema familiar, a
esforzarse para buscarse un lugar?
—Sí,
tal cual. Uno debe buscarse un lugar de cualquier manera. Empieza en la mesa,
con la lucha por las milanesas… Si uno guardaba la parte más rica o las papas
fritas con el huevo, venía otro y metía la papa frita en tu huevo y se lo
comía. Así funciona una familia con diez hijos.
—Su tío, el hermano de su madre, era Julio
Mera Figueroa, el primer ministro del Interior de Menem, que también se
casó en la función pública con una mujer 28 años más joven, Agustina Blaquier.
¿Cómo era su relación con él? ¿Fue mentor en algo?
—Pasa
siempre de chico: creo que el 80% de mi vida estuve en su contra. Siempre era
opositor, siempre estaba en contra por rebeldía adolescente, rebeldía de joven.
Pero cuando resuelve volver a Salta
para pelear una interna contra Romero
en octubre de 1.994, me volví con él. Siempre pensé volver, pero esa interna
que Romero nos ganó lo aceleró todo.
Ahí empezó mi carrera. Para mí fue un referente. Julio era todo un tema cuando yo era chico. Estuvo preso, después
estuvo exiliado. En una sociedad como la de Salta en los años 70 era todo un tema. Supuestamente mi tío era
montonero, una cosa muy fuerte. La política me gustó toda la vida, pero de él
heredé mi amor por los caballos.
—Hace
muy poco cumplió un año de casado. ¿Qué cambió en su vida con ese
casamiento?
—Hacía
mucho que estaba solo y la personalidad de Isabel a mí me dio vuelta en
términos de tener alguien muy presente al lado. Por su personalidad, ella es
una persona que nunca pasa desapercibida. Sentí que estar acompañado está muy
bueno. En una época de la vida, sentir que uno tiene al lado alguien que lo ama
de verdad, con quien compartir cada día sintiendo que es posible ser tan amigo
como pareja es algo fantástico.
—¿Qué
le cambió esa omnipresencia sentimental?
—Me
afianzó mucho en un concepto de familia que yo tenía. Organizó mi vida.
Habitualmente la actividad política es bastante desorganizada y ella la puso en
un lugar muy piola, trabajando mucho, con esa cosa interesante de preservar su
espacio. Mi vida es hiperdemandante en términos de tiempo, entonces uno vive
intensamente cada momento, lo exprime de la mejor manera. Es como que vivir de
novio todo el tiempo.
—¿Y
cambia algo respecto de su percepción de la carrera política hacia el futuro?
¿Se siente más acompañado?
—Sí,
definitivamente. Tener al lado alguien que me impulsa, que me alienta para
seguir adelante, me cambió la vida
Fuente:
http://www.perfil.com/periodismopuro/urtubey-si-el-peronismo-no-entiende-que-se-reformular-esta-llamado-a-desaparecer.phtml
BH