DDN. Desde el viernes pasado, el Tribunal Oral Federal N°1 de
Salta lleva adelante el juicio contra Sebastián Policarpio Flores por el delito
de transporte de estupefacientes agravado por el número de intervinientes,
acusación sostenida por el fiscal general Eduardo José Villalba, de la Unidad
Fiscal Salta.
Bajo la dirección del juez Marcelo Juárez Almaraz e integrado
por los vocales Federico Díaz y Marta Liliana Snopek, el juicio dejó expuestas
graves irregularidades sucedidas en la Unidad Carcelaria N°3 de Orán, desde
donde Flores, quien cumplía una pena de 4 años y 6 meses por tenencia de droga,
habría dirigido el envío de estupefacientes de esa ciudad a la capital de
Salta.
En vista de ello, el fiscal Villalba dispuso que se
inicien actuaciones preliminares a fin de establecer la presunta
responsabilidad penal de integrantes del Servicio Penitenciario Provincial en
los delitos imputados a Flores.
El caso llegó a juicio a partir de una investigación
llevada adelante por la Procuraduría de Narcocriminalidad (PROCUNAR) NOA, que
se inició un año antes de la desarticulación de la organización dirigida por Flores,
el 16 de octubre de 2020 mediante procedimientos realizados en Salta y Orán,
producto de los cuales se incautaron más de siete kilos de cocaína.
En su alegato de apertura, el fiscal Villalba, acompañado
por la auxiliar fiscal Mariana Gamba Cremaschi, repasó detalles del raid
delictivo atribuido a Flores y de otras cinco personas, quienes cumplieron
distintos roles en las operaciones de tráfico, consistentes no sólo en el
traslado sino también la comercialización a revendedores. Al respecto, cabe
señalar que el 22 de marzo pasado, en una audiencia de acuerdo pleno ante la
jueza de Revisión Mariana Catalano, los cinco implicados junto a Flores, entre
ellos su pareja Gisella Marisol Diego, recibieron penas de 2 a 6 años de
prisión por su participación en los hechos.
“Vamos a probar mediante pruebas fehacientes y el testimonio
de numerosos testigos que Flores, desde su celda, dirigió los envíos de cocaína
a Salta tendientes a abastecer distintas bocas de expendio de droga al menudeo,
lo que causó un grave daño a la salud pública”, señaló Villalba. El fiscal
resaltó también las actuaciones realizadas por el fiscal Santiago López Soto,
de la Unidad Fiscal de Narcocriminalidad de la justicia provincial, siendo este
caso uno de los tanto que ambas unidades, UFINAR y PROCUNAR NOA, trabajaron
juntos, en el marco de cooperación promovido por el Código Procesal Penal
Federal (CPPF).
El representante del Ministerio Público Fiscal indicó que
en las investigaciones previas de dicha unidad fiscal provincial se llevaron
adelante numerosas tareas de campo y de inteligencia que permitieron
identificar a todos los cómplices de Flores, destacándose entre ellos su
pareja, quien fue su “brazo ejecutor” en todas las maniobras.
Por una denuncia web
En seguida, y previa negativa de declarar por parte de Flores,
asistido por la defensora oficial Ximena Colombres, el tribunal abrió la etapa testimonial,
oportunidad en que fue convocado a declarar, vía remota, uno de los oficiales
de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) a cargo del caso.
El efectivo relató que, en respuesta a una denuncia web
(recurso utilizado por el gobierno provincial para recabar datos de manera anónima
de bocas de expendio de drogas), se iniciaron pesquisas en el barrio San Benito,
en la zona este de la ciudad. Como resultado de ello, se pudo establecer que
mujeres procedentes de Orán eran las que proveían la droga, previa negociación
con Marisol Diego y que la cocaína era de Policarpio Flores, quien se valía de
personas en extremo estado de vulnerabilidad para el traslado del
estupefaciente.
Posteriormente, se realizaron tareas para establecer el
circuito de la ocaína, con lo cual se identificó el domicilio de Flores en Orán,
como así también que la droga provenía de Bolivia a través del paso en Aguas
Blancas, siendo Diego la que coordinaba esa tarea. Asimismo, esta mujer era la
encargada de captar a mujeres, quienes luego eran utilizadas para el traslado
de la droga -adosada en distintas partes del cuerpo-; de acuerdo a la
acusación, todo era ordenado y controlado por Flores desde su lugar de
encierro.
Luego otro efectivo de la misma fuerza explicó que en un
principio los envíos dirigidos por Flores consistían en pocas cantidades, estimadas
en 50 y 100 gramos, y que su destino principal era la localidad de Colonia Santa
Rosa, a pocos kilómetros de Orán. Posteriormente, sin embargo, el flujo de
droga cambió de dirección y cantidad, dirigiéndose envíos hacia la capital
salteña destinadas a Natalia Juárez, quien a su vez la revendía en distintas
bocas de expendio, entre ellas una ubicada en el barrio San Benito.
Estado de vulnerabilidad
El testigo también relató un hecho que evidenció la
influencia que tenía sobre mujeres en estado de vulnerabilidad, por lo general
carentes de recursos económicos o adictas. Una de ella, destacada luego por el
proceso de recuperación que emprendió tras ser detenida, reveló que había sido
detenida en Jujuy con droga perteneciente a Flores, pero que asumió como
propia.
En una conversación telefónica, la mujer le explicó al recluso
que había sido detenida, pero que le fue otorgada la prisión domiciliaria debido
a que tiene hijos menores de edad, circunstancias en que el acusado le pidió
que vaya a verla al penal, ya que debía explicarle cómo y qué debía declarar.
El declarante reveló otros hechos que, entre marzo y
octubre de 2020, se conocieron por las expresiones de Flores, quien no dejaba
de llamar por teléfono, desde la cárcel, para verificar que sus instrucciones
se cumplieran al pie de la letra.
Fue así como se descubrió que, antes de realizar un envío
a Salta, por cantidades que rondaban el kilo, Diego debía ir hasta la casa de
una curandera para que Flores pudiera tener una sesión y averiguar si la
maniobra iba a salir bien. Tanta era la confianza del acusado, consideró el
funcionario policial, que no tenía inconvenientes de revelar su accionar. “Yo
manejo todo desde la cárcel”, solía repetirle a la curandera en sus charlas
telefónicas, previo a cada operación de tráfico.
Ganancias
El policía contó que por cada kilogramo de cocaína que se
enviaba a Salta el acusado obtenía una ganancia de 700 mil pesos, de los cuales
sólo le pagaba 30 mil a las mujeres que utilizaba para el traslado, o bien, lo hacía
con parte de la sustancia cuando eran adictas.
Con las ganancias, según reveló este y otro policía que
declaró luego, Flores destinó una suma de 3.500.000 de pesos, producto del envío
de cinco kilos de cocaína, a realizar refacciones en su vivienda ubicada en el
barrio 9 de Julio.
Al respecto, uno de los testigos que participó del allanamiento
describió el inmueble de dos pisos con más de ocho habitaciones, con pisos
renovados, un hidromasaje que esperaba ser colocado y, lo que más le llamó la
atención, fue una cama matrimonial que excedía cualquier medida. “Nunca vía una
cama tan grande”, dijo el testigo, quien agregó que, en la planta alta, se
había edificado un tinglado, pues Flores, en uno de sus llamados, dijo que
quería explotar un “Karaoke” y abajo un cabaret.
Durante la audiencia también se aludió a que, de las
conversaciones telefónicas mantenidas con Diego, su brazo ejecutor, se conoció
que Flores había ordenado enterrar dinero en un sector de la vivienda, ya que
en una ocasión le pidió a su pareja que hable con un albañil para sacar dinero.
En el allanamiento del domicilio, el 16 de octubre de 2020, los efectivos
revisaron toda la propiedad, pero no pudieron dar con el escondite, pues gran
parte de la casa estaba construida y no se pudo localizar al albañil para dar
con el dinero.
Respecto a cómo hacia Flores para poder ejercer el
control de sus operaciones estando detenido, los testigos revelaron que hacía
llamados desde un teléfono celular y utilizaba varios chips, proveídos
presuntamente con ayuda de guardias del servicio penitenciario.
En compensación, y según surgió de las conversaciones con
Diego, el personal implicado solía retirar mercadería de un comercio ubicado
frente al penal, lugar al que Diego iba periódicamente a pagar el consumo de los
efectivos. Según se narró en el debate, se llevaban incluso carne para el
asado.
Uno de los testigos, a preguntas del fiscal Villalba, dio
mayores precisiones e identificó a un guardia, cuyo nombre también surgió de
los llamados de Flores, quien avisó que dicho efectivo iba a ir a su vivienda
para retirar un nuevo aparato, el cual luego hizo ingresar oculto en un paquete
de galletas, maniobra por la cual recibió el pago de una suma de dinero.
En vista de estas revelaciones, entre otras, fue que el fiscal
ordenó la formación de un legajo a fin de determinar el accionar de los guardias
que tenían a su cargo la vigilancia de Flores, ya que, al allanar su celda, no
se encontró el teléfono celular.
Tras la detención de sus cómplices en una serie de allanamientos
simultáneos, Flores llamó a Diego, quien le informó que había perdido toda la
cocaína: no era guardada en esa casa sino en la de un vecino, quien tenía la
mercancía oculta en una heladera vieja.
En esa conversación ambos se peguntaron cómo la pesquisa
dio con el vecino, ya que en los distintos llamados siempre lo mencionaron como
“topo”, dato que fue suficiente para que el personal de la PSA realizara las
tareas de campo que permitieron identificar su domicilio.
NF