DDN. “¡Por fin, después de tanto!”, dice Inés Peña al otro
lado de la línea. Es jueves 8 de julio. Inés integra Madres de Plaza de Mayo de
Jujuy y tiene un diagnóstico temprano de un problema de memoria que no borra lo
que no puede borrar. “Después de 45 años recibimos con satisfacción el fallo de
la Corte Suprema”, agrega, en un audio de voz. “Gracias a eso podremos seguir
con una de nuestras mayores preocupaciones: que se condene, que se juzgue, que
se investiguen los delitos que ha cometido Blaquier y saber la suerte de
nuestros detenidos desaparecidos”. Y se pregunta: “¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Cómo?
¿Quién? ¿Quiénes han sido las personas que han participado de los secuestros?
¿Cuáles han sido los motivos por los cuales han sido secuestrados y de qué se
acusó a nuestros desaparecidos de todo el departamento de Ledesma de la
provincia de Jujuy? Esta es nuestra preocupación, ahora estamos con más
confianza, nunca apostamos a la impunidad, por cierto. Pero ahora apostamos a
que la Justicia esclarezca y juzgue, que las condenas sean justas y equitativas
para todos”.
A comienzos de 2012, Jujuy era la única provincia que no
había reiniciado las causas de lesa humanidad. Cada vez que el fiscal Domingo
Batule pedía una indagatoria, el juez subrogante Carlos Olivera Pastor la
negaba. Según las estadísticas del Ministerio Público Fiscal, rechazaba el 80
por ciento de los pedidos de indagatoria. Las víctimas sabían, como lo sabía el
entonces titular de la Procuraduría de Lesa Humanidad, Jorge Auat, que
cualquiera de las líneas que empezaran a moverse iban a tocar las puertas de El
Familiar, ese demonio que en las leyendas populares sale a comerse a los
obreros antes y después de las cosechas y que en Jujuy tiene el nombre de Pedro
Carlos Tadeo Blaquier.
Inés daba vueltas a la Plaza Belgrano todos los jueves.
Los familiares de los desaparecidos pedían al juez una y otra vez entrevistas
que no daba. La Comisión Interpoderes, todavía en funciones continuas, lo
convocó a Buenos Aires. El Ministerio Público lo denunció en el Consejo de la
Magistratura, pero Olivera Pastor, nada de nada.
Un jueves, después de la ronda, Inés llevó una nota al
juzgado para dejar en la mesa de entradas. El edificio tenía una escalera. Ella
subía y bajaba. Quería dejar esa nota, pero el juez no la recibía. Entonces,
llamó a Milagro Sala.
“Lo habíamos intentado varias veces, pero él cerraba las
puertas”, dijo Inés hace años. “Ese día llamé a Milagro y le conté.
—¡No puede ser! —me dijo Milagro. Y agregó: “Vamos
ahora”.
“Y ahí nomás se vinieron como tres mil personas. Ya nos
veníamos juntando porque las causas no avanzaban, y la Túpac empezó a
participar de las rondas de los jueves. Las relaciones con el juzgado estaban
tensas. No había diálogo. No hacían nada. Y ese jueves, ella se vino con la
gente y en la puerta del juzgado se improvisó una asamblea. Yo iba y venía. Me
decían que el juez estaba ocupado, que no podía. Y ahí nomás, Milagro o alguien
dijo:
—¡Todos arriba!
No sé cómo decirlo –expresa Inés–, pero yo en ese momento
sentí una marea humana que me subía en andas hasta la puerta del despacho del
juez”.
Raúl Noro, el esposo de Milagro, trancó la puerta con un
pie cuando un guardia quiso cerrarles el paso. Alguien subió en andas a Inés,
que flotaba en el aire escaleras arriba. Y ya en la puerta del despacho, la
bajaron ante la cara desorbitada del magistrado.
—Vení, vení –la llamó Milagro–. Acá tenés al juez.
De golpe, se abrieron las puertas.
—Pase. Pase, señora, pase –escuchó Inés.
Milagro todavía desconocía lo que iba a sucederle, pero
sí sabía que el hombre del azúcar podía cobrárselo caro. El dirigente de la
Túpac Amaru, Alejandro “Coco” Garfagnini, iba y venía de Buenos Aires. Ese día
estaba ahí. “Lo que puedo decir, es que para nosotros fue toda una discusión
decidir enfrentar a Blaquier o no hacerlo”, explicó para el libro La libertad
no es un Milagro. “Por lo menos, en el círculo más cercano a Milagro, fue una
discusión. Y Milagro la saldó como la saldó. Ella también tenía sus reparos.
Sabía quién era Blaquier, más que nosotros. Sabía que si se metía con Blaquier
iba a tener problemas. Lo sabía. Pero lo resolvió con las tripas y con el
corazón, más que con la cabeza, el día que entramos al juzgado”.
“Ese día estaba Inés, que no la dejaban entrar a
presentar una nota por mesa de entradas. O sea, Olivera Pastor ¡no le recibía
una nota a las Madres de Plaza de Mayo por mesa de entradas! Ese era el
quilombo. Y Milagro se indignó tanto, pero tanto, que terminamos entrando al
juzgado y después terminamos armando esa marcha del 24 de marzo que fue una
pueblada y que terminó volteando a Olivera Pastor, y apareció Poviña y entramos
en un lugar que terminó desembocando en el procesamiento de Blaquier. Creo que
esa es la síntesis. Lo resolvió con la tripa y el corazón. Eso es Milagro”.
En Buenos Aires, ese 24 de marzo de 2012, los organismos
de derechos humanos encabezaron la movilización con la consigna “Los grupos
económicos también fueron la dictadura”. Como nunca antes, la marcha de Jujuy
reunía a más de 50.000 personas. En abril, la Corte Suprema de Justicia de la
Nación, integrada aún por siete magistrados, tomó una decisión inusual: como
cabeza del Poder Judicial reemplazó a Olivera Pastor por el juez federal de
Tucumán Fernando Poviña, sin el acuerdo del Consejo de la Magistratura que por
entonces se exigía. El 28 de abril, Poviña allanó por primera vez en 40 años
los dos edificios de Ledesma de la provincia. Se llevó legajos de los
trabajadores en dictadura y un documento que probaba el espionaje de la empresa
en democracia. Un mes más tarde, ordenó la indagatoria de Blaquier y del
administrador general del Ingenio, Alberto Lemos. Y en noviembre de 2012,
escribió un fallo todavía revolucionario: procesó a los dos como partícipes del
secuestro de 29 personas, en marzo y en julio de 1976, en el marco de una
persecución político-sindical, sostuvo, llevada a cabo por la empresa Ledesma
contra los dirigentes sindicales.
Poviña tampoco lo sabía, pero el dictamen inauguró una
nueva manera de leer las pruebas en el capítulo aún pendiente de la dimensión
económica de los crímenes de la dictadura, con introducción del contexto
histórico, el rol de los empresarios y la motivación económica.
“En resumidas cuentas –indicó la resolución–, el aporte
rendido por Blaquier y Lemos, como la facilitación de medios de transporte para
el traslado de los detenidos, se orientó a la consumación de los hechos
principales de privación de libertad de las víctimas.” Pasado ese primer
peldaño, “y de acuerdo con las especiales circunstancias históricas que rodean
los hechos, puede inferirse que los imputados obraron dolosamente, es decir, se
advierte que tenían pleno conocimiento de que realizaban un aporte de
convergencia lesiva en los hechos delictivos perpetrados por las Fuerzas
Armadas dentro de un ataque generalizado y sistemático en la denominada lucha
contra la subversión. En dicho contexto, la cooperación en cadena de los
imputados Blaquier y Lemos tuvo lugar, a su vez, en el marco de una persecución
político-sindical llevada a cabo por la empresa Ledesma contra los dirigentes
sindicales de la misma, tal como se evidenció oportunamente, al reconstruir las
acciones reprochadas.”
Entre las víctimas de la primera caída, identificó a
dirigentes sindicales y políticos perseguidos y secuestrados individualmente,
como el intendente Luis Arédez. Las caídas de julio de 1976 eran masivas,
habían ocurrido durante las noches de interrupción de la energía eléctrica en
los pueblos que rodeaban al Ingenio, conocidas como La Noche del Apagón. Para
llevar adelante esas redadas de un número aún no definido de personas, la
policía, que tenía poco parque automotor, usó vehículos de la empresa. Las víctimas
ya no eran referentes sindicales, sino los que quedaban sueltos “por las
dudas”: estudiantes, amigos, activistas, madres y hermanas de trabajadores.
El fallo multiplicó debates en todo el país. Las causas
empezaron a ser discutidas en ámbitos académicos con abogados, antropólogos,
economistas e historiadores. El procesamiento fue confirmado por la Cámara
Federal de Salta y llegó mientras se abrían investigaciones a la cementera Loma
Negra y al diario La Nueva Provincia, se conocía el procesamiento de tres altos
directivos de Ford Motor Argentina, la Secretaría de Derechos Humanos impulsaba
la causa por Papel Prensa y la Comisión Nacional de Valores descubría pruebas
sobre el desapoderamiento a empresarios. FLACSO, el Ministerio de Justicia de
Nación y el CELS sistematizaban, por primera vez ,datos sobre la represión en
25 empresas con un trabajo que se presentó públicamente el 4 de diciembre de
2015, seis días antes del cambio de gobierno. El material, todavía en línea,
debía ser impreso en papel, pero el nuevo gobierno no lo hizo.
El retroceso, sin embargo, había comenzado en marzo de
2015 cuando la Sala IV de la Cámara de Casación, con votos de Gustavo Hornos,
Juan Carlos Gemignani y Eduardo Riggi, revocó el procesamiento de Blaquier y de
Lemos y dictó una falta de mérito. Un fallo que cayó como una bomba a todo ese
proceso que avanzaba.
La Sala IV afirmó que no podía probarse que ellos
conocieran que los vehículos de la empresa iban a usarse en los secuestros. No
había dolo. Para sostener esa posición se introdujo en un debate que no
correspondía porque discutía el fondo del caso, lo cual no puede hacerse en la
Casación cuando aún está pendiente el debate oral y la sentencia. La Fiscalía
General acudió a la Corte porque consideró que la falta de mérito era
equiparable a una sentencia definitiva que le negaba a las víctimas y a la
sociedad el derecho a conocer a la verdad. En su dictamen, el fiscal Javier De
Luca planteó que la Casación usó un argumento técnico –la designación de un
fiscal ad hoc– como llave “para discutir el procesamiento que ya tenía un doble
conforme (…) pero a esta parte fiscal y a las víctimas nos niegan la
posibilidad de discutir la resolución que los revoca y dicta las faltas de
mérito (…) con lo cual existe una flagrante violación al principio de
igualdad”.
El fallo de la Corte Suprema de esta semana golpeó en esa
línea de flotación. Con una demora de seis años, no discutió el fondo, pero
alcanzó los acuerdos mínimos para debatir si el fallo podía ser equiparado o no
a una sentencia definitiva. La mayoría de tres jueces entendió que lo era, y entonces
discutió la intervención de la Casación en esa instancia y el fallo, al que
consideró arbitrario. Utilizó durísimos términos contra los jueces, ya
cascoteados en otros frentes. Habló de “investigación coartada”, “distorsión” y
“desnaturalización” de las reglas procesales y, en su párrafo más duro, sostuvo
que la Sala IV obstaculizó indebidamente el avance del proceso. Por
consiguiente, revocaron el fallo, y como consecuencia, la falta de mérito. Y
ordenaron reenvío a Casación para nueva sentencia. La Secretaría de Derechos
Humanos de Nación analiza presentar un pronto despacho para pedir urgente una
resolución.
“En definitiva, el régimen procesal previsto para el caso
fue suprimido –sostiene la sentencia– (…) todo lo cual debe conducir a que el
pronunciamiento sea calificado como arbitrario, en tanto se ha apartado en
forma manifiesta de la solución normativa prevista para el caso, obstaculizando
indebidamente el avance del proceso”.
También dice que la Sala IV no debió haber intervenido,
ya que el Código Procesal Penal no lo contempla. Y que “ha prescindido de la
norma aplicable al caso, incurriendo así en un apartamiento inequívoco de la
solución prevista para la cuestión que debía abordar que, por ello, conduce a
su descalificación como acto judicial válido. En efecto, habilitó su
competencia por medio de un argumento que nada tiene que ver con lo dispuesto
en el código adjetivo, y colocó su intervención dentro de un formato de
procedimiento de consulta y control, que le es ajeno”.
Quienes leyeron el fallo destacan otra línea: un párrafo
en el que se reconoció la necesidad de celeridad en esta causa “especialmente
relevante por tener por objeto la dilucidación de delitos de lesa humanidad
cometidos hace más de cuarenta años, y cuya investigación fue coartada por
múltiples obstáculos legales”.
El acuerdo salió con votos de Horacio Rosatti, Elena
Highton y Juan Carlos Maqueda. El presidente de la Corte, Carlos Rosenkrantz,
votó en soledad: dijo que no correspondía tratar la sentencia porque no era
equiparable a sentencia definitiva. Y en el escrito sostuvo que las partes no
aportaron ningún papel para informar que la causa de origen estaba detenida: un
llamado de atención a las partes, pero también un indicio de que no leyó los
diarios. El último dato político fue que Ricardo Lorenzetti no votó. Para
algunos, la ausencia explica la dificultad que tuvo este caso para reunir tres
voluntades a lo largo de seis años.
—Sale, sale, sale —decían en la Corte desde hace varias
semanas.
—Vamos, vamos, vamos —insistían.
El fallo ya había reunido los tres votos necesarios.
Salía. Quedaba pendiente Lorenzetti. Una decisión que ponía todo en tensión en
el sistema de alianzas supremo: el fallo podía salir, pero también podía no
salir, si alguno de los tres sacaba la firma.
¿Por qué Lorenzetti no votó? La Corte en campaña habla de
su obsesiva campaña por la presidencia de la Corte y de los compromisos a los
dos lados del campo político.
Su entorno, en cambio, sostiene una discusión de fondo.
“Acá hay criterios jurídicos diferentes. La posición histórica de Lorenzetti
está más enfocada en delitos de lesa, en el fondo. Pero la mayoría se paró en
el tema formal de falta de sentencia definitiva. No daba ni para disidencia ni
para voto concurrente. En esos casos es mejor no firmar”.
Las querellas no imaginaban el resultado. Podía ser una
resolución de fondo, un rechazo o lo que salió. El fondo ponía en discusión el
dolo y aún es importante, controvertido en la Corte y discutido ahora en
Casación. Luego de un reenvío de la Corte del año pasado, allí se discute el
caso de los hermanos Méndez, dueños de una casa en Tandil donde funcionó el
centro clandestino por el que pasó el abogado laboralista de los trabajadores
de Loma Negra, Carlos Alberto Moreno. Claro, en ese caso, la discusión se abrió
en el final del proceso con un juicio que tuvo debate oral y sentencia.
Las organizaciones defensoras de derechos celebraron el
fallo, pero antes criticaron la demora injustificada para decir lo mismo que se
sabía en 2015.
Victoria Basualdo es investigadora del CONICET y de
FLACSO, fue una de las coordinadoras de aquel libro sobre la responsabilidad
empresarial y ahora coordina una Unidad de Investigación de la Secretaría de
Derechos Humanos. El viernes 9 de julio estuvo en la planta Ford de Pacheco,
donde el Estado reinstaló un cartel que señala el funcionamiento en el lugar de
un centro clandestino.
“Lo primero que hay que resaltar es el tema del plazo”,
apunta. “Estamos hablando de una Corte que se tomó seis años para dictar este
fallo y para decir cosas que son correctas, pero que requerían una intervención
más pronta. Si efectivamente Casación no hizo una intervención correcta y esta
causa involucra hechos de enorme gravedad y significación, seis años son
inaceptables, pensando en imputados y víctimas de edad avanzada, lo que genera
un peligro de impunidad”.
Esta es hoy la preocupación más importante, precisa,
porque no es un caso aislado: hay fallos pendientes en la Corte y en la
Casación. “Es fundamental y urgente reabrir la posibilidad de judicialización
de esta causa, que tuvo tanta dificultad y que fue fundacional y emblemática,
pero esta demora tiene un costo muy grande que hay que anotar para no repetir.
El tiempo es hoy una variable central en el proceso de justicia”.
El fallo llegó el jueves 8 de julio al mediodía. Milagro
cumplía 2.000 días detenida. “Coco” Garfagnini organizaba el acampe carnavalesco
en Plaza de Mayo por su libertad, exigida también al gobierno de Alberto
Fernández. Blaquier tiene 93 años hasta el 28 de agosto. Inés Peña se pregunta
todavía dónde, cuándo y por qué, mientras eso del tiempo que pasa busca
arrancarle a Jujuy parte de lo que queda de memoria.
Fuente: El cohete a la luna
NF