DDN. Las comunidades originarias de toda América llevan siglos
de luchas frente a amenazas a su vida y subsistencia. Han resistido invasiones,
la pérdida de sus territorios ancestrales, violencia, discriminación y
exclusión. Durante décadas, grandes empresas y gobiernos en nombre del
"desarrollo económico" devastaron recursos naturales irremplazables y
contaminaron territorios, cuyo hábitat es de vital importancia para su
subsistencia y la del planeta.
A este contexto, se sumó el impacto social y económico de
la pandemia del Covid-19, que tuvo una influencia desproporcionada sobre las
comunidades más vulnerables, entre ellas los pueblos indígenas. Las deudas
históricas para el pleno disfrute de sus derechos humanos se profundizaron y se
agudizaron las desigualdades estructurales. Sin embargo, la respuesta de los
Estados ha sido la inacción, indiferencia, discriminación y ausencia de
perspectiva intercultural.
Según un relevamiento de Amnistía Internacional, las
principales problemáticas de los pueblos indígenas de América Latina y el
Caribe durante la crisis sanitaria incluyen la falta de acceso suficiente a
agua no contaminada, saneamiento, servicios sanitarios y prestaciones sociales,
así como la falta de mecanismos culturalmente adecuados para proteger su
derecho a la salud y al sustento. La situación es especialmente grave en la
Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Venezuela.
El PIB regional disminuyó cerca del 8% en 2020, casi 4
puntos más que el promedio global (CEPAL, 2021). Este cimbronazo impactó
fuertemente en las personas indígenas, expuestas en gran proporción a trabajos
informales o al desempleo. Según Naciones Unidas, los pueblos indígenas tienen
casi tres veces más probabilidades de vivir en la extrema pobreza que los no
indígenas.
Además de la pobreza y sus consecuencias en la salud,
muchos pueblos indígenas viven en zonas alejadas, donde no se garantiza el
acceso a servicios sanitarios de forma oportuna. En la Argentina, líderes indígenas como Francisco Pérez, en
Salta, o Israel Alegre, en Formosa, perdieron
la vida en la lucha contra el Covid-19.
Durante la pandemia, también se identificaron barreras
para acceder a beneficios sociales, discriminación, segregación y la
proliferación de situaciones de uso abusivo de la fuerza por parte de las
fuerzas de seguridad. En Colombia, el ataque contra la Minga Indígena, en Cali,
llevado a cabo por civiles armados, resultaron heridas 11 personas indígenas,
entre ellas la defensora de derechos humanos indígena Daniela Soto.
En varios países, la minería fue declarada servicio
esencial durante la pandemia, por lo que los pueblos indígenas quedaron
expuestos al contagio. En el triángulo del litio –conformado por Chile,
Argentina y Bolivia- persiste la preocupación por los proyectos para la
extracción en tierras indígenas que no cuentan con todos los estudios de
referencia necesarios para garantizar que no se pondrá en peligro el medio
ambiente o la salud y vida de las comunidades locales. En Perú, indígenas del
pueblo kána presentan altos niveles de metales y sustancias tóxicas en su
cuerpo como consecuencia de la minería del cobre en Espinar, provincia del
sureño departamento de Cusco. Los riesgos a la salud se vieron exacerbados por
la pandemia: solo en esa zona se habían registrado más de 3800 contagios entre
abril y mayo de este año.
En el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, es
importante reconocer y honrar la lucha de un colectivo cuya resiliencia ha
permanecido intacta desde hace cinco siglos: son dueños de una riqueza de
saberes, conocimientos, prácticas tradicionales, lenguas y cultura únicas.
Es momento de que los gobiernos de la región y del mundo
dejen de postergar el reconocimiento y ejercicio de derechos de los pueblos
indígenas y salden una deuda histórica con la población originaria.
Fuente: Télam
NF